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Jair Bolsonaro: teléfono para Mauricio Macri y Cristina Kirchner

Brasil recuperará con Washington el vínculo de líder regional, alterado por la crisis institucional.

Jair Bolsonaro: teléfono para Mauricio Macri y Cristina Kirchner

Cautela. Esa es la primera conclusión a la cual llegó Mauricio Macri frente a la novedad más impactante que registra la región: el nítido triunfo de Jair Bolsonaro en el balotaje de Brasil que lo coronó como nuevo presidente. La victoria estaba cantada desde la primera vuelta: pero cada palabra, cada gesto del diputado y ex capitán del Ejército adquiere desde el domingo un valor especial y diferente.

Aquella prudencia de Macri ha sido la consecuencia de las charlas que mantuvo con tres hombres. Fulvio Pompeo, secretario de Asuntos Estratégicos con facultades ampliadas, que creció a la sombra de Marcos Peña. El jefe de Gabinete también mechó opiniones sobre la nueva realidad que plantea Brasil. La otra voz escuchada fue la del canciller, Jorge Faurie. Lleva la carrera diplomática en la sangre. Nunca saldría de su boca un exabrupto. El funcionario fue fiel a esa trayectoria. Resaltó que lo importante no sería tanto fijarse hacia dónde se dirige Bolsonaro sino el nivel de diálogo que pueda sostenerse en la relación bilateral.

Ciertas comparaciones no tendrían en esta coyuntura demasiado asidero. Macri realizó su primera salida a Brasil como presidente electo. Fue el 4 de diciembre del 2015. Todavía estaba en el Planalto Dilma Rousseff. Aunque con el proceso de juicio político en marcha. Terminó siendo destituida en agosto de 2016. En octubre del mismo año, el mandatario interino, Michel Temer, hizo excursiones inaugurales a Buenos Aires y Asunción. El ingeniero lo volvió a ver en Brasilia en febrero del 2017. Pese a la crisis institucional imperante, tanto con Dilma como con Temer, Macri concedió a Brasil el privilegio que correspondía a su socio político y comercial principal.

Bolsonaro ha preferido diseñar otra agenda que tiene explicación. No iría necesariamente en desmedro de la Argentina. Su bautismo en el extranjero será en Chile. Allí gobierna Sebastián Piñera con un modelo económico que elogia por la permanencia. Entre la derecha del empresario y la Concertación que encabezó la última vez Michelle Bachelet hay visibles diferencias. Pero se preservan intereses en políticas centrales para esa nación.

De hecho, pocos meses después de dejar el poder, Bachelet se convirtió en titular del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Dicho sillón lo ocupará durante 4 años. Su postulación fue avalada por el gobierno de Piñera que el día de la asunción de la mujer señaló que su nominación “es un reconocimiento a la ex presidenta con la promoción y protección de los derechos humanos”. Una convivencia impensada en la Argentina, donde Cristina Fernández ni siquiera le quiso entregar a Macri los atributos presidenciales.

Tal estabilidad y armonía resultaron determinantes para explicar la salida inaugural que hará Bolsonaro. Nuestro país, a diferencia de Chile, atraviesa una severa crisis económica. Macri debió recurrir al Fondo Monetario Internacional (FMI) para sortear –hasta ahora-- un desbande financiero. La escena política no brinda garantías a futuro. Al modelo de Macri se opone el kirchnerismo. No existen todavía instancias intermedias.

La elección de Chile podría esconder, quizás, una segunda interpretación de parte de Bolsonaro. Su intención de apuntar al Pacífico regional en un momento en que el Mercosur está bajo la lupa. Ha sido objeto de críticas de parte del nuevo mandatario brasileño. Aunque muchas de sus manifestaciones deberían ser tomadas con pinzas. Una cosa es circular por la campaña y otra distinta asentarse en el Planalto.

De hecho, las primeras contradicciones en su equipo saltaron a la vista horas después del triunfo. Quien sería un superministro de Bolsonaro, el economista Paulo Guedes, disparó que el Mercosur no sería una prioridad. Porque se trata de un bloque con “inclinaciones bolivarianas”. En directa alusión a Venezuela. El martes mismo pidió disculpas. Sostuvo que no había sido su intención desmerecer a ningún país.

El propio Guedes sugirió que todas las empresas estatales de Brasil debieran ser privatizadas. “Porque no hay vacas sagradas”, señaló. Ni siquiera la gigantesca petrolera Petrobras. Bolsonaro corrigió tales apreciaciones la noche de la victoria. Porque en su extraña composición de pensamiento autoritario, nacionalista y liberal seguiría incidiendo su paso y vínculo con las Fuerzas Armadas. Que históricamente se han inclinado por preservar el manejo del Estado de asuntos estratégicos.

Siempre existe una brecha enorme entre los dichos y los hechos cuando algún terremoto conmueve un sistema democrático. Basta con reparar, para entenderlo, con muchas de las promesas que Donald Trump formuló en su campaña y nunca pudo llevar adelante desde la Casa Blanca. Es cierto que Bolsonaro recibió el domingo un aluvión de votos. No es menos cierto que el sistema político brasileño es de una elevada fragmentación. La voluntad popular tendrá necesariamente un tamiz en un Parlamento con 513 integrantes de los cuales sólo 52 adscriben fielmente al nuevo mandatario.

Macri sufrirá, sin dudas, un eclipse de su figura en la región. Puede dejar de ser la novedad de un cambio de rumbo global, como lo fue desde el 2015, donde sólo sobreviven el régimen de Nicolás Maduro en Venezuela y Evo Morales en Bolivia, quien pretende forzar un cuarto mandato. Uruguay, como Chile, está en otra liga. Difícilmente en esos territorios algún cambio político deje las huellas de un trauma.

La figura de Bolsonaro resulta atractiva en Washington. Al menos mientras gobierna Trump. El republicano enfrenta el mes entrante las legislativas de medio término. El mandatario brasileño intentará visitarlo antes de esa votación. La normalización institucional en Brasil, luego de la destitución de Dilma y el interinato de Temer, hace presuponer que ese país recuperará con Estados Unidos el vínculo que siempre supo tener, como líder natural de la región. Que conservó incluso en tiempos de Lula. No tendría que existir, en ese caso, ninguna afectación especial para Macri.

Quizás la irrupción de Bolsonaro y el fracaso del ciclo de la izquierda puedan derramarse también como un mensaje con códigos en las oposiciones de las naciones vecinas. Se vislumbra una fuerte resistencia en esos sectores a aceptar errores. Lo subrayó el socialdemócrata Ciro Gomes cuando decidió respaldar en el balotaje la candidatura de Fernando Haddad, el delfín de Lula. Fue sorprendente escuchar a dirigentes del PT realzar su derrota el domingo por la noche. Aludir a la futura construcción de una gran resistencia contra Bolsonaro. Sin interpelarse siquiera las razones que empujaron a esta ingrata realidad.

La inseguridad, con más de 60 mil víctimas en Brasil en 2017, ha sido una de ellas. La gigantesca mancha de corrupción, la otra. La izquierda no tendría respuestas –o no quiere tenerlas-- para ninguna de las dos. Teléfono para Cristina, el kirchnerismo y sus socios.